Siempre quería haberme apuntado a clases de baile.
De lo que fuera.
Porque soy más bien triste bailando… soy más de hacer barra, la verdad.
Total, que un día me acerqué con una amiga a una academia de baile y tenían Lindy Hop.
Ni idea de qué era eso.
Así que hicimos lo más sensato posible: apuntarnos sin saber ni lo que estábamos haciendo.
Primer día.
Nivel de vergüenza: alto/muy alto
Día de “madre mía que vergüenza, espero que no sepan todos bailar menos yo”
Al principio bien, empezamos de cero, sí que había quien sabía bailar algo mejor, pero bueno, dentro de lo normal.
No teníamos ni idea, y yo, con mi amiga, pues como aquel…hacíamos lo que podíamos.
Yo estaba tranquila porque estaba con mi amiga. Zona segura activada.
Hasta que de repente el profe dice “Cambio de pareja”
Perdona.
¿Perdona?
Sí, hombre.
Y una mierda.
No le saque el dedito porque no nos conocíamos suficiente…
¿Pero cómo voy a cambiar de pareja si no tengo ni idea?
Porque una cosa es bailar y pisar a tu amiga del alma, y otra hacerlo con un señor desconocido.
Comenzó el show
Empecé a sudar, no sabía si irme, si decir que no, o hacerte la sorda…
Pero claro, tienes pocos segundos para decidir así que cambias (y ese es el día que aprendes a rezar de repente porque estás más nerviosa que tu primer día de trabajo)
Así que, cambias…
Y no es tan grave
Y vuelves a cambiar.
Y sigue sin ser tan grave
Y cuando te das cuenta has cambiado de pareja toda la clase, has pasado un pequeño mal trago, pero no se ha acabado el mundo.
Y terminó esa primera clase…y en la siguiente cuando se volvió a oír el “cambio de pareja”, lo hice con nervios todavía pero con algo más de confianza.
Y varias clases después, cambiamos de pareja sin pensarlo.
¿Y sabes qué es lo bueno?
Que en la última clase mi amiga no pudo ir y fui yo sola…
Y esto solo pudo ser porque había ido cambiando de pareja.
Punto positivo para la incomodidad.
Ahora tengo un sitio donde puedo ir sola, con una amiga o como sea, ya no me da vértigo.
Ah! y si no conoces el Lindy Hop, te lo recomiendo, estoy disfrutando como una enana de bailar algo que no sabía ni que existía.