No escribo esto para ajustar cuentas.
Lo escribo para cerrar.
Porque hay relaciones que no terminan en una discusión,terminan porque el cuerpo dice basta. El mío llevaba tiempo avisando.
Durante años intenté entender qué no funcionaba. Leí, propuse, hablé, hice terapia, cursos…
Busqué señales, palabras, gestos.
Y cuanto más buscaba, más claro era que el problema no era un desacuerdo puntual, sino una estructura que nunca llegó a sostenernos a los dos.
No era falta de cariño. Era falta de suelo. Nunca llegué a sentir familia.
Y esto es lo que realmente suena triste (y lo era), no sentía lo que creía que debía sentir cuando vuelves “a casa”, a tu lugar seguro, donde te quieren y te sientes bien.
Desde fuera, la historia es sencilla.
Soy intensa, celosa, la que pide demasiado.
Él, en cambio, es tranquilo, educado, buena persona. De esos que, si fueras suegra, querrías como yerno.
Y durante mucho tiempo yo misma dudé:¿y si el problema soy yo?¿y si estoy exagerando? ¿y si pido más de lo que es razonable?
Pero hay relaciones que no se rompen por falta de bondad, sino por desnivel.
No porque uno sea malo y el otro bueno,sino porque uno vive alerta y el otro vive cómodo.
Y esa diferencia, sostenida en el tiempo, acaba pasando factura.
Porque uno se adapta, se cuestiona, se revisa, se explica,y el otro, sin mala intención, permanece igual.
Y cuando ese desequilibrio se mantiene durante años,la que acaba pareciendo desbordada no es la que hace menos,sino la que sostiene más.
No es una historia de buenos y malos.
Hay una señal que siempre he tenido clara: cuando alguien necesita hablar mal de su ex para sostener su versión, mejor no entrar ahí.
Es una red flag de manual. (a mi se me pasó por alto…o no quise verlo, o me enamoré como hacemos siempre, con la venda puesta).
Yo me he querido ir como si fuera la misma del principio, cuando no estaba rota, destrozada, con un estrés desbordando por todos mis poros. Cuando aún era yo.
No entiendo romper una relación de años con gritos, malos gestos, odio. Creo que los años y el cariño compartidos merecen un respeto.
Lo he conseguido.
Y no es mi gran victoria, no. Necesitaba poder irme en paz, decir que me voy queriendo y que se me parte el alma. Poder abrazarle y decirle adiós con lo que siento.
Irme no fue una venganza. Fue un acto de cuidado hacia mí.
Cerrar con respeto no significa que no doliera (duele, desgarra, destroza), significa que no necesito convertir al otro en un monstruo para justificar por qué me fui.
No es un monstruo, simplemente no me podía dar lo que yo necesitaba sin que siguiera rompiéndome en pedacitos cada vez más pequeños, desapareciendo cada vez un poquito más, haciéndome pequeñita.
El día que tomé la decisión, me rompí. Empecé a sentir que no me sostenía, que la ansiedad crecía y que no podía continuar. Mi cuerpo dijo basta, no puedo más, sácame de aquí.
A veces no sabes lo que duele, lo que te rompes, como quisieras dar vuelta atrás aunque sabes que has tomado la decisión correcta.
Ese día escichando esta canción de Arde Bogotá,encontré una frase que lo decía mucho mejor que yo, que no podía ponerle palabras a lo que sentía.
“Yo, quisiera ser cobarde, pero he elegido hablarte, y todo pesa un millón”
Parece que el que se va no sufre. Y una mierda: te llevas el desamor, el dolor, la culpa de haber sido tú y el daño que haces en el otro y el peso de “y si me equivoco”.
Al día siguiente no podía moverme.
Literalmente.
Dolor en el pecho. La voz rota. La energía a cero.
Una semana después sigo triste.Sigo cansada.
Pero ya no me siento invisible.
Empiezo a ver con claridad algo que me costó años aceptar: no todo lo que duele se arregla insistiendo más. No todo tiene solución.
A veces la única salida es irte.
Aquí cierro esta etapa.
No con rabia.
Con verdad.
Una semana después no estoy bien, pero estoy más en paz.
El cuerpo sigue cansado, pero ya no está gritando.
Una semana después, la música sigue ayudándome a poner palabras a lo que siento (gracias Viva Suecia)
“No me da miedo decir que voy a quererte siempre”