Hubo un momento en mi vida en el que no estaba bien, pero tampoco sabía exactamente qué estaba mal.
Estaba perdida, vacía, desestructurada, y no alcanzaba a entender qué me estaba pasando.
Durante un tiempo pensé que haber dejado una relación de doce años era lo que me estaba dejando tan vacía. Pensaba que era el duelo por la ruptura, el cambio de vida, la pérdida de una persona que había estado conmigo durante tanto tiempo.
Pero no era exactamente eso.
Había algo más profundo.
Hubo un momento en el que me di cuenta de que no echaba de menos la relación. Me echaba de menos a mí.
Echaba de menos lo que yo había sido. Las cosas que me gustaban. Las ganas de probar cosas nuevas. Los planes, los viajes, las conversaciones, las risas. Esos deseos que estaban ahí y que, poco a poco, se habían ido quedando escondidos en algún lugar al que ya no sabía cómo llegar.
Y lo más triste no era haber perdido cosas.
Lo más triste era no saber ni siquiera cuáles eran.
No soy capaz de ponerle nombre a lo que me gusta. No sé qué me hace ilusión. No sé qué quiero recuperar porque no consigo recordar exactamente quién era antes.
Es una sensación extraña y dolorosa: mirar hacia dentro y sentir que no encuentras a nadie.
Porque en algún momento recuerdas que sí eras alguien. Que te reías. Que disfrutabas. Que tenías energía. Que había cosas que te emocionaban.
Y entonces llega la pregunta más desesperante:
“¿Cómo lo hacía antes?”
¿Cómo conseguía disfrutar? ¿Cómo encontraba mi camino? ¿Cómo sabía quién era?
Y no encuentro la respuesta.
Así que hago lo que haría cualquiera que está intentando desesperadamente salir de ahí: busco.
Busco en internet. Leo libros. Voy a terapia. Me apunto a cursos. Pregunto. Escucho podcasts. Utilizo la inteligencia artificial. Abro todas las puertas posibles esperando encontrar algo que me diga por dónde empezar.
Y entonces aparecen las frases bonitas.
“Ahora tienes la oportunidad de reinventarte”.
“Recupera tus hobbies perdidos”.
“Conecta contigo misma”.
“Escucha tu voz interior”.
Y yo pienso:
“Genial. Pero ¿cómo hago eso si precisamente no sé dónde está esa persona que tengo que recuperar?”
Porque ese es el problema.
Si yo supiera qué he perdido, qué quiero recuperar y dónde está mi ilusión perdida, no estaría buscando como una posesa por todos los lugares posibles.
No necesito que me digan que tengo que encontrarme.
Eso ya lo sé.
Necesito que alguien me ayude a dar el primer paso cuando ni siquiera sé hacia dónde mirar.
Necesito algo más que palabras bonitas. Necesito algo que aterrice. Algo que me acompañe en ese momento en el que levantarme a poner una lavadora se convierte en una negociación conmigo misma porque sé que necesito ropa limpia, pero hasta eso parece demasiado esfuerzo.
Este post nace de esa impotencia.
De intentar reconstruir una vida cuando por dentro estoy rota. De sentir un dolor enorme. De mirar hacia delante y no ver nada que me ilusione. De estar en ese punto extraño en el que sé que no quiero volver a donde estaba, pero tampoco sé todavía hacia dónde quiero ir.
Y la pregunta es:
¿Qué habría necesitado encontrar aquella Eva cuando buscaba desesperadamente cómo volver a ser ella?
La respuesta más honesta que puedo dar es:
No lo sé.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Porque cuando estás perdida, lo último que necesitas es otra persona diciéndote que tienes que encontrarte. Necesitas que alguien entienda el lugar en el que estás.
Necesitas que alguien te diga que no estás fallando por no saber qué quieres. Que no eres una persona vacía porque ahora mismo no encuentres nada que te ilusione. Que no has desaparecido, aunque tengas la sensación de que sí.
Quizá lo que necesitamos en ese momento no es una respuesta definitiva.
Quizá necesitamos un mapa.
Un mapa pequeño. Un primer paso. Algo que nos ayude a pasar del “no sé quién soy” al “voy a empezar a descubrirlo”.
Porque reconstruirse no empieza con una gran revelación.
No aparece un día una luz maravillosa y de repente recuerdas quién eras, qué querías y hacia dónde ibas.
A veces empieza con algo mucho más pequeño.
Con una pregunta.
Con una conversación.
Con probar algo nuevo.
Con volver a hacer algo que antes te gustaba aunque ahora no sepas si te gusta.
Con darte permiso para explorar sin tener que encontrar inmediatamente la respuesta correcta.
Este blog nace de aquí.
Del lugar exacto en el que estoy ahora.
No nace de alguien que tiene todas las respuestas.
No tengo una fórmula mágica para volver a encontrarme.
Pero estoy cansada de encontrar frases bonitas que no ayudan cuando estás en mitad del barro.
Así que voy a investigar. Voy a probar herramientas. Voy a leer, experimentar, equivocarme y compartir lo que vaya encontrando.
Lo hago porque a mí me sirve tener un lugar donde recoger todo este proceso. Porque últimamente encuentro algo que parece importante y al día siguiente se me olvida. Porque quizá escribirlo me ayude a ordenar mi propia búsqueda.
Y porque quizá, si has llegado hasta aquí, tú también estás intentando reconstruirte.
Quizá tú también estás en ese espacio incómodo entre la vida que ya no quieres y la vida que todavía no sabes cómo construir.
Y si es así, quiero que sepas algo:
No estás sola.