Este artículo forma parte de un experimento personal. Cada semana volveré para contar qué hábitos ya forman parte de mí, cuáles siguen costándome y qué voy aprendiendo por el camino.
El verano en el que decidí volver a confiar en mí, un cuadradito cada vez.
Hay días en los que sientes que no avanzas absolutamente nada.
Te levantas, trabajas, haces lo que tienes que hacer, sobrevives… pero si alguien te preguntara qué ha cambiado en tu vida durante el último mes, probablemente responderías: nada.
Eso es exactamente lo que me estaba pasando.
Hasta que me di cuenta de que el problema no era que no avanzara. El problema era que no sabía verlo.
Os escribo este artículo desde un verano en el que mi autoestima está hecha trizas.
Hace unos meses terminó una relación de doce años de la que fui yo quien salió porque ya no podía más. Cada día me sentía más pequeña, más apagada y más gris. Aun así, salir de una relación no significa encontrarte de nuevo de un día para otro. Al contrario. Hay días en los que me miro al espejo y todavía no termino de reconocer a la mujer que tengo delante.
Después de darle muchas vueltas, de leer, de hacer terapia, de escribir y de intentar entender qué me estaba pasando, me he dado cuenta de una cosa.
No necesito cambiar mi vida de golpe.
Necesito volver a confiar en mí.
Y creo que esa confianza no se recupera pensando más. Se recupera cumpliendo pequeñas promesas.
Así nació este experimento.
He cogido una libreta de hábitos, de esas que tienen cuadraditos para marcar, y he empezado por cosas ridículamente pequeñas.
- Caminar cada mañana.
- Ponerme crema después de la ducha.
- Desayunar bien.
- Ponerme crema en la cara por la mañana y por la noche.
- Leer veinte minutos.
Nada espectacular.
Nada digno de salir en Instagram.
Solo pequeños gestos que me recuerdan que sigo cuidándome incluso cuando no tengo demasiadas ganas.
¿Por qué tan pequeños?
Porque durante toda mi vida he querido hacerlo todo antes de ayer.
Y ya conozco el resultado.
Me propongo veinte cambios.
Aguanto unos días.
Me agobio.
Lo abandono todo.
Y termino pensando que soy incapaz de ser constante.
Esta vez quiero hacer exactamente lo contrario.
No voy a añadir un hábito nuevo hasta que otro se haya convertido en parte de mi identidad.
No quiero acumular tareas.
Quiero convertirme, poco a poco, en una mujer distinta.
Cuando un hábito deje de necesitar esfuerzo porque ya salga solo, desaparecerá de los cuadraditos.
Pero no desaparecerá de mi vida.
Lo apuntaré en otra página que se llamará “Ya soy esa persona”.
Porque no quiero olvidar el camino recorrido.
Quiero poder abrir esa libreta dentro de unos meses y leer cosas como:
- Ya soy una mujer que sale a caminar.
- Ya soy una mujer que cuida su piel.
- Ya soy una mujer que desayuna bien.
- Ya soy una mujer que cumple las pequeñas promesas que se hace.
Creo que ahí empieza realmente la autoestima.
No cuando alguien te dice que vales mucho.
Sino cuando tú empiezas a demostrarte, una y otra vez, que puedes confiar en ti.
También he decidido que este artículo no termina hoy.
Cada semana volveré aquí para añadir unas líneas.
Os contaré qué hábitos ya forman parte de mí, cuáles me siguen costando y qué voy aprendiendo por el camino.
En parte lo hago porque quiero dejar de sentir que siempre estoy en el mismo sitio.
Y en parte porque, si alguna mujer está viviendo algo parecido y este experimento puede servirle para empezar a reconstruirse, habrá merecido la pena compartirlo.
Porque hay una frase que quiero recordar cuando vuelva la nostalgia y mi cabeza me haga creer que no estoy avanzando.
No quiero que la nostalgia eclipse mi realidad.
Quiero abrir mi libreta, mirar todos esos cuadraditos pintados y recordar que, aunque vaya despacio, sigo caminando.
Y, ahora mismo, esa es la única forma que conozco de salir de aquí.
Un paso.
Un hábito.
Un cuadradito cada vez.